miércoles, 13 de febrero de 2013

FINISTERRE, POR LUIS CREUS



Este paisaje es muy preciado para mí porque me recuerda un montón a mi infancia. Llevo toda mi vida veraneando allí, desde que apenas era un bebé, no solo con mis padres y hermano, sino también con mis tíos, mis primos y mis abuelos. Cuando era pequeño lo que más me gustaba del verano era viajar hasta ese lugar con mi familia para poder observarlo con detenimiento y admiración. Ese mar tiene una belleza increíble, no puedes parar de mirarlo, te atrae.
Es un lugar divertido a la vez que sosegante, porque disfrutas nadando en ese mar tan frío y relajándote con una siesta en la orilla de la playa, escuchando las olas rompiendo contra la arena o las rocas. También puede hasta llegar a ser un lugar exótico por la cantidad de animales raros que te puedes encontrar y la variedad de plantas que hay tanto en la tierra como en el mar.
Es un paisaje digno de visitar por su gran belleza, aunque puede resultar un poco aburrido el viaje, porque son bastantes horas en el coche, pero sin duda merece la pena aburrirse un rato y obtener tanto beneficio. Ese lugar se encuentra en Galicia, en el lugar más lejano de La Coruña al que los aventureros llamaban el fin del mundo. Ese lugar se llama Finisterre.


Está situado en una zona muy rocosa y escarpada, rodeada por una gran cantidad de hórreos y custodiada por un gran faro situado en lo más alto de una montaña que sirve de ayuda para los barcos. Pero también ese faro tiene una función estética ya que desde lo más bajo se ve muy bonito y apoteósico. Desde el faro se puede observar la bella puesta de sol al atardecer y puede resultar hasta mágico por la gran cantidad de colores que se pueden observar. Y para mejorar esta vista, si oyes una gaita de fondo -el instrumento típico gallego- ese momento es aún mejor. 
Luis Creus, 2º ESO B

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